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DE LISBOA A #VALENCIAGP MOTOGP

05.11.2016

Tranvías, graffiti, buen café, un hermoso sol y la presencia permanente del río Tajo. Sí, Lisboa es una ciudad única. Pero justo ahora la estoy dejando atrás rumbo a Valencia, viajando a lomos de mi  fiel Yamaha Super Ténéré. Es posible hacer el trayecto Lisboa-Valencia en un solo día, pero tragándote un montón de mosquitos y parando solo para repostar, y no es ese el plan que tengo en mente.

El Puente Vasco da Gama, con sus 17 kilómetros, nos despide como siempre, inmóvil y silencioso. Es como si se preguntara por qué me voy. Abandono la autopista y moto y piloto nos dirigimos hacia los puentes de Coruche. Estas construcciones de hierro se erigieron en 1933, unas pequeñas y coquetas joyas de ingeniería. Tenía muchas ganas de cruzarlos, y ahora las elegantes vigas rojas pasan volando a ambos lados de mi Super Ténéré.

Casi sin darme cuenta, estoy cruzando el campo portugués: viñedos, olivos, ricos cielos azules. Mi ruta pasa por las afueras de Évora, pero no me detengo. Tengo la mente puesta en Redondo, un pueblecito azul que visité de niño, aunque ahora me parece que solo fue un sueño. Pero ahí está, las casas encaladas entre las que destaca un tejado azul por aquí, una pared azul por allá. Hay mucho azul, y bajo el sol de la tarde, ¡también hace mucho calor!

La N373 me acerca a la frontera, y después de entrar en España el calor sigue aumentando. Mi destino ahora es Guadalupe, pero llegar directamente es muy fácil (y aburrido) así que elijo la EX-110 y recorro las dehesas extremeñas, principalmente al norte de la autovía A5. Las dehesas son amplias extensiones de viñedos y encinas detenidas bajo el calor, toros de lidia que bufan y holgazanes cerdos ibéricos.

La Hospedería del Real Monasterio en la ciudad medieval de Guadalupe es un antiguo monasterio convertido en hotel, con un precioso patio interior. Goza de un ambiente fresco y refrescante del que se aprovechan tanto la moto como el piloto. Si lo visitas, asegúrate de probar el jamón local. Proviene de los cerdos ibéricos negros criados en libertad que dan fama a la región.

A la mañana siguiente, las carreteras principales que salen de Guadalupe son maravillosas: un asfalto fantástico y muchas curvas para hacerte disfrutar del agarre. ¿Quién necesita una autopista para avanzar? La moto me lleva de una curva a la otra como si estuviéramos deslizándonos sobre el paisaje boscoso. Me desvío hacia el sur en busca del Embalse del Cíjara y allá, sin darme cuenta, aterrizó en La Mancha.

El trayecto de hoy es más largo que el primero. Mi idea es llegar a Alcalá del Júcar, casi en el límite con Valencia, y las carreteras de La Mancha me permiten circular a gran velocidad, así que vuelo por este paisaje de viñedos, olivos y molinos. Al pasar por Consuegra y Mota del Cuervo, no puedo evitar acordarme de Don Quijote. La ruta directa es más fácil, pero también más aburrida.

A media tarde entro en la región de Las Hoces del Júcar. Es como un Gran Cañón en miniatura en mitad de España, con carreteras que zigzaguean valle abajo en lugar de ascender montaña arriba. La ruta desde Abengibre a Jorquera da paso a un nuevo tipo de paisaje, de blancos y verdes. Sí, porque las rocas de las paredes del cañón son tan blancas que me hacen daño a la vista y el río está lleno de árboles todavía con todas sus hojas a pesar de que estamos a mediados de octubre. La B-5 de Jorquera a Alcalá del Júcar es pura poesía. Pero igual estoy teniendo visiones, porque la moto me dice que estamos a unos abrasadores 35 grados.

Al día siguiente me levanto pronto y aprovecho los primeros rayos del sol que acarician la CN-3201 al norte de Alcalá del Júcar. Es una ascensión con curvas que te permite abandonar el cañón del río y regresar a las planicies de La Mancha. La carretera que me conduce a Cofrentes es sencillamente una pista de carreras, pero la N-330 de Cofrentes a Requena es incluso mejor: curvas y más curvas con muros montañosos rojizos a ambos lados de la carretera.

Cuando llego a Requena la autopista A-3 puede llevarme a Valencia en apenas 45 minutos. Pero, ¿una autopista? Espera que busco una carretera mejor. Ah, Chera, ¡claro! Otra carretera loca, rápida y con un asfalto muy bueno. Sigo la CV-395 hacia Sot de Chera. Y de nuevo me espera otra sorpresa. Esta carretera es estrecha y llena de curvas, con un buen balasto. El paisaje es monumental, me recuerda a cuando jugaba en el Alto Atlas de Marruecos.

Y así, poco a poco, sudoroso y con una sonrisa en el rostro, llego a Valencia. Del Atlántico al Mediterráneo, las luces brillantes del puerto me invitan a sentarme en una terraza, soltar el manillar de mi moto y pedir una paella.

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